Estrellas fugaces


Los primeros días no fueron mal del todo. Mi hermana me trataba bien, me dejaba dormir hasta tarde y luego encargaba a los niños que me llevaran a recorrer la campiña, mientras ella bajaba al pueblo, a la consulta del médico con el que trabajaba. Después, por la noche, se quitaba su camisa y pantalones blancos y, cuando los niños se habían ido a dormir, nos sentábamos en el porche buscando estrellas fugaces. Solía sacarme boles con fruta troceada, despojos de fruta demasiado madura que enmascaraba con yogur casero. Hablábamos un rato, sobre todo yo. Ella se limitaba a escucharme y, a veces, decía que me entendía, pero de eso no estoy segura. ¿Cómo iba a hacerlo? Ella tenía dos hijos.

El caso es que una noche, de golpe, fue ella la que se volvió habladora. Me dijo que algunas veces se sentía sola.

—Echo de menos a alguien que se ocupe de los niños, ¿sabes? Pero de modo distinto a cómo se ocupa una mujer.

Cabeceó con un gesto que me devolvió un recuerdo de ambas, con cinco años, negándonos con tozudez a ponernos los calcetines de perlé, para desesperación de mi madre.

—Creo que voy a alquilar una habitación al maestro nuevo. Le gustará dejar la pensión —añadió.

La miré. El único dormitorio libre era el que estaba ocupando yo ahora. Aquel gesto suyo, la firmeza de su tono, me confirmaron que era inútil convencerla de no meter en casa a un hombre que acababa de conocer.

—Me parece que voy a llamar a Alfredo para que venga a recogerme —dije—. Quizá podríamos volver a considerar lo del niño.

Ella asintió sin palabras y nos quedamos en silencio, sentadas en el porche, buscando otra estrella fugaz a la que confundir con nuestros deseos.

Cactus


Jorge era informático. Elsa, diseñadora de jardines. A él le habían encargado sustituir el puesto de trabajo de Elsa por un programa informático que generaba tres mil propuestas diferentes para cada cliente. Coincidieron apenas quince minutos, mientras Elsa recogía sus cosas. Te olvidas el cactus, dijo Jorge, señalando junto a la pantalla. Ella se encogió de hombros. No tiene hojas, repuso.

Microcosmos


Ella hablaba de libélulas y crisálidas. Yo, de protozoos y otra fauna de los estanques. Nunca leía los e-mails que le escribía, pero me dibujaba mensajes con tizas de colores frente a la puerta de mi casa y yo añadía la respuesta en azul. El día que me declaré le hice llegar un bote con el microcosmos de su pantano preferido. Ella dibujó una mariposa azul en mi acera. Aún sigo interpretando su respuesta.